No hay un solo México

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Por Joaquín Roy

México puede encantar, irritar, herir, apasionar, confundir tanto al viajero esporádico como el investigador consciente. Pero nunca va a dejar a nadie indiferente. México marca con huella indeleble.

Pero para tratar de entenderlo cabalmente se tiene que asumir que no hay un solo México, sino muchos. Es lo que en parte hizo famoso un libro de Lesley Byrd Simpson, bestseller en los años 60, lectura obligada de viajeros y universitarios.

Un México parece estar protegido por una burbuja de aislamiento en el tiempo. Otro, se abre cruelmente a casi todos los males y tragedias del tiempo presente.

Uno vive en el pasado y otro no sabe bien si se integra en el futuro. Uno rezuma paz y alegría. Otro se mata sistemáticamente. Uno es generoso y otro roba con placer y corrupción.

Todas las versiones de México se han exteriorizado con la tragedia de la desaparición y más que probable asesinato de 43 jóvenes estudiantes de magisterio rural en el estado de Guerrero.

Por una combinación diabólica de hambre y pobreza con la corrupción gubernamental y privada, entrelazadas con el narcotráfico, la profesión docente que podría ser una modesta corrección de la endémica desigualdad mexicana (y del resto del subcontinente latinoamericano, líder en esa lacra) se convirtió en víctima.

Ignorado en otras ocasiones, advertido hasta la saciedad, el crimen de la detención ilegal, el secuestro y la extorsión han estallado en las manos de tres anillos de gobiernos (municipal, estadal y federal) que pretendían que el México idílico sería capaz de tapar una vez más la realidad de los restos de la “dictadura perfecta”, feliz expresión de Mario Vargas Llosa, ahora tema de una taquillera película.

Resto del espejismo del “fin de la historia” ofrecido por Francis Fukuyama, el México actual es la tozuda muestra de la resistencia del México aparentemente eterno que se niega a desvanecerse.

El servicio que el populista y de nuevo gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) rindió a Estados Unidos, al mantener el orden interno en un país amenazante del convertirse en una segunda Cuba de más de 100 millones habitantes, reclamaba subsistir al paso de los dos sexenios del conservador Partido de Acción Nacional (PAN).

Las reformas económicas que el actual presidente Enrique Peña Nieto, de apariencia moderna con ribetes “kennedianos”, había puesto en marcha parecen castillos en el aire. Un nuevo aeropuerto para la capital, una red de ferrocarriles de alta velocidad y una oferta espectacular de explotación privada de fuentes de energía debían obrar el milagro de lanzar a México a una definitiva modernidad y progreso.

El México bronco le recordó a su presidente que no todo es tan fácil. La insistencia en la vigencia de todos los mitos nacionales no parece ser suficiente para borrar las carencias graves de uno de los pocos países de la tierra con personalidad y solidez histórica.

México, con unos 120 millones de habitantes, compite con Brasil en el liderazgo latinoamericano y con un puñado de estados repartidos por el globo en presencia internacional. Presume de una notable actividad bancaria, imán de inversiones y desarrollo de parques tecnológicos.

Sus calles y autopistas están anegadas en tráfico, sorprenden por la cantidad de automóviles de gama superior. Pero la mayoría de sus ciudadanos se ven obligados a movilizarse a pie o en atestados autobuses, para acudir a sus puestos de trabajo invirtiendo una parte escandalosa de su vida diaria en ese trasiego y recibiendo salarios de insulto.

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Pese a todo, los ciudadanos de México parecen tener más optimismo que muchos otros habitantes de países en el resto del mundo y responden con signos de lealtad en fiestas patrias, bajo banderas enormes, e incluso colocadas por encima de la cruz cristiana que corona las iglesias.

Se insiste que México es eterno. Se recuerda que los olmecas, aztecas y mayas son parte consustancial de la nación. Se recubre pudorosamente el período de la administración colonial y el imperio, pero se reconoce generosamente con seriedad la contribución española tras la incorporación de su exilio por obra del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940).

México es una nación de la variante cívica, siguiendo el modelo de la inclusión y la decisión individual, no basada en la etnia, la sangre, la religión. México es el futuro, sin renunciar al legado del pasado.

Pero la lealtad sin fisuras se recompensa con un pago inaceptable. Recientemente el gobierno mexicano ha fijado el salario mínimo en aproximadamente cinco dólares por día. Al otro lado de la frontera, el presidente estadounidense, Barack Obama, ha anunciado el salario mínimo en 14 dólares, por hora.

Nada tiene de extrañar que los mexicanos voten con los pies y se refugien en el imán de Estados Unidos. Con más de 40 millones de mexicanos residiendo al norte de río Bravo o río Grande, la nación cívica es una ilusión.

Si esta nación depende del trabajo de unos maestros rurales, de base indígena, con salarios de apenas subsistencia, discriminados, desaparecidos, asesinados, la tarea de Peña Nieto y el nuevo PRI es utópica. Muchos Méxicos seguirán coexistiendo. ¿Hasta cuándo?

  • Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
  • Editado por Pablo Piacentini
  • Publicado inicialmente en IPS Noticias

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