¿En dónde estudió Peña Nieto?

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La periodista Mónica Ocampo conversó con dos ex compañeros del presidente Enrique Peña Nieto en el internado varonil Denis Hall School. Todos le decían ‘La Bombonera’, apodo que estratégicamente él mismo propuso. Nadie imaginó en lo que el actual presidente de la República se convertiría: Todos creían que sería sacerdote por su gran fe católica.
1260_12582_1El cuadernillo que sostienen mis manos luce amarillento de las orillas y está a punto de desmoronarse. Entre las páginas desordenadas aparece un mensaje escrito con letra de molde y tinta negra que dice: “Teco: Good luck and best wishes from Enrique Peña Nieto (La Bombonera)”. La dedicatoria ilustra la imagen gris deun niño con apariencia de adulto: saco a la medida, camisa de cuello italiano y corbata rayada de nudo grueso y triangular. Mira hacia la cámara con ojos chispeantes y sonrisa triunfal.

Enrique, el niño de copete alzado de la foto, tiene 13 años. Así fue retratado para el anuario de los años 1979–1980, periodo en el que cursó el primer año de secundaria en el internado varonil Denis Hall School, dirigido por sacerdotes en Alfred, Maine, un pueblo del condado de York, en el noreste de Estados Unidos.

No era un colegio común: a simple vista, parecía una casa de campo con ventanales gigantes y portones de madera como en la época medieval. Tampoco tenía bardas ni rejas, a pesar de que ahí vivían 120 alumnos de diferentes nacionalidades, que eran enviados por sus padres para aprender inglés.

Los mexicanos fueron mayoría en esa generación. Veinte críos que abandonaron a su familia para viajar al extranjero. Entre ellos estaba Peña Nieto, reservado, educado y disciplinado que sólo hablaba lo esencial de su familia. Su padre, Enrique Peña del Mazo, era ingeniero en la Comisión Federal de Electricidad, y su madre, María del Perpetuo Socorro Ofelia Nieto Sánchez, ama de casa. De sus tres hermanos: Arturo, Ana Cecilia y Verónica, no daba detalles. En el internado nadie sabía de su linaje relacionado con la política y el poder en Atlacomulco, Estado de México.

Siempre demostró una disciplina extrema. Era como un pequeño soldado que jamás bajaba la guardia, aun en momentos de melancolía tan comunes entre los compañeros de dormitorio. Él jamás lloró. Se adaptó a una vida alejada de las palabras del padre, los abrazos de la madre y los juegos de hermanos.

La Bombonera

Enrique —de camisa bien planchada, zapatos boleados, uñas cortadas y cabello sedoso— disfrutaba del futbol aunque los resultados del marcador no siempre fueran favorables. Le gustaba también rasparse las rodillas y se ensuciaba las zapatillas deportivas como defensa del equipo escolar.

Él, tan cuidadoso con su caminar, con su dentadura blanca y sus manos de porcelana, jamás permitió ser ridiculizado o intimidado por sus compañeros. Pero en plena pubertad necesitaba ser aceptado en el grupo, aunque eso implicara tener un apodo como el resto. Negoció que lo llamaran “La Bombonera”, por el estadio Nemesio Díez donde juega el club Toluca, su equipo favorito. (Sin embargo, ya de presidente, reconocería que le va a las Águilas del América).

El futbol fue una forma legítima de expresar su identidad y una estrategia que le facilitaba la convivencia, pero no más. Lo que realmente le emocionaba era rezar. Su fe era desbordada. En sus ratos libres siempre iba al templo de la escuela a orar. “Era un niño comprometido con su religión y su fe católica. Muy decente y correcto”, recuerdan los hermanos Manuel y Hugo García Méndez Salazar, excompañeros de Peña Nieto en el Denis Hall School.

—Se ve que Dios lo ayudó mucho, ¿verdad?—, dice Manolo, entre carcajadas.

Desde el primer día de clases, a los 12 años, Peña Nieto siempre mostró una actitud de internado suizo, mucha disciplina; así que la mayoría de la generación pensó que se dedicaría a la vida sacerdotal. Jamás imaginaron que sería el presidente de México. “Eso de ser líder le salió después”, comenta Hugo.

La imagen pulcra de Peña Nieto se forjó desde pequeño. Sus compañeros lo recuerdan como una persona preocupada por su apariencia física, por su peinado, su higiene personal y el cuidado extremo de su ropa. Aunque su seriedad por momentos lo hacía pasar inadvertido, Enrique tenía carisma. No era el clásico chiquillo que siempre estaba rodeado de amigos, pero con todos se llevaba bien, o al menos eso demostraba.

Tampoco tenía un grupo de amigos cercanos. A todos les hablaba por igual, aunque su amabilidad lo convirtió rápidamente en el alumno favorito de los hermanos maristas, la orden religiosa del colegio, quienes siempre lo incluían en las actividades escolares. Incluso, Peña Nieto fue el responsable de la elaboración del anuario.

—¿En qué materias destacaba? —le pregunto a Hugo.

—Nosotros le copiábamos todas las tareas. Era un niño que sacaba puro 10 —responde muy amable, pero con un tono de voz como si estuviera leyendo un comunicado de prensa.
—Pero esa no fue la pregunta —le insisto.

—En matemáticas, ciencias e… ¡inglés! ¡No es broma! —advierte pesar de los múltiples tropezones que Enrique Peña Nieto ha tenido en eventos internacionales por su escasa capacidad bilingüe. Recordemos 2008, cuando era gobernador del Estado de México y exhibió su mala pronunciación durante un discurso en la Speaking World Future Society, o como virtual ganador de la Presidencia de México en julio de 2012 en una entrevista en un programa de CNN, donde el traductor simultáneo lo hizo sufrir.

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